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El reto como elemento facilitador de la competición

El deportista lleva la competición en la sangre. Vive por y para competir. Meses de entrenamiento para una prueba que dura diez segundos. Semanas enteras peleando por un puesto, día tras día. Pero siempre compitiendo. Porque no existe otro camino: ser el mejor o, al menos, ser una versión mejor de quien fuiste ayer.

Con el entrenamiento ocurre exactamente lo mismo. Podemos entrenar por entrenar o hacerlo con un propósito. Están los atletas que acumulan series y repeticiones, y están los que exprimen cada una de ellas. En este segundo grupo es donde se encuentran los auténticos animales: quienes rompen barreras y alcanzan objetivos extraordinarios.

Y me dirás: «Dani, ¿dónde encuentro esa competición en una simple sesión de fuerza, pliometría o velocidad?». Sabemos que es precisamente en ese punto de estrés incómodo donde aparecen las mayores mejoras. La respuesta es sencilla: en el reto.

El reto ha acompañado al ser humano desde sus inicios. Ha impulsado conquistas, descubrimientos y grandes hazañas. El emperador que llegó a gobernar el mayor imperio del mundo empezó soñando con expandir las tierras que tenía. Y el velocista que hoy bate récords mundiales seguramente un día perdió una carrera contra su hermano mayor.

Competir cambia las reglas del juego. Da igual que sea contra uno mismo o contra los demás. Crear situaciones competitivas a través del reto es una de las mejores estrategias para elevar el nivel de nuestros entrenamientos.

En el trabajo de fuerza lo entendemos bien. Competimos contra nosotros mismos, contra una carga externa y contra nuestra capacidad para moverla. El objetivo es sencillo: aumentar nuestra tolerancia al esfuerzo y atrevernos, progresivamente, a levantar más peso. O piensa en ese entrenamiento con un amigo o una amiga que termina convirtiéndose en la mejor sesión del año. El simple hecho de querer levantar más kilos que la persona que tienes al lado te lleva a mover cargas que jamás habrías intentado si entrenaras solo.

Con la pliometría, tan de moda y con un margen de mejora enorme, tampoco se trata de saltar por saltar ni de acumular contactos. Imagina un salto horizontal desde la posición de caballero. Buscamos la máxima intención y recorrer la mayor distancia posible. Podemos intentar motivarnos internamente para saltar más lejos, pero hay una estrategia mucho más potente: marcar el punto donde hemos caído en la primera repetición y convertirlo en nuestro siguiente objetivo. A partir de ahí, cada salto tiene un rival: nuestra marca anterior. Y cuando aparece el reto, aparece también la competición. Es entonces cuando realmente nos exigimos al máximo.

Con la velocidad ocurre exactamente igual. Un cronómetro, un acelerómetro o unas fotocélulas son mucho más que herramientas de medición. Son generadores de intención. En el momento en que podemos cuantificar nuestro rendimiento y convertir ese dato en un desafío, corremos al 100 %, saltamos al 100 %, lanzamos al 100 %. En definitiva, entrenamos con la intensidad necesaria para provocar adaptaciones reales.

Porque la diferencia no siempre está en hacer más, sino en hacer mejor. En dar a cada repetición una intención competitiva. En convertir cada serie en un desafío.

Así que ya lo sabes: rétate. Compite contra ti mismo o contra quien tengas al lado. Pero compite. Porque cuando aparece la competición, aparece también la mejor versión de ti.


Publicado por Daniel Ortega.